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Martes - 14.Abril.2026

Sobre el efecto Zeigarnik

José Enebral Fernández,
Nuestra efectividad y creatividad exige que evitemos prematuros carpetazos a las tareas que nos ocupan; algo especialmente importante en la emergente economía del saber y el innovar.

En realidad, y no siendo psicólogo sino ingeniero, topé con el epónimo de que les hablo hace apenas unos diez años y, aunque intenté indagar, no alcancé siquiera a saber bien en qué consistía; mi búsqueda se orientaba entonces más hacia el tal Zeigarnik, que creo que yo llegué a escribir “Zeigarnick”, puesto que así lo vi escrito por primera vez. Todavía hoy, si se busca en Internet, uno puede encontrar referencias sobre un “investigador ruso”, aunque ya también, afortunadamente, sobre la entrañable señora Zeigarnik, de nombre Bluma, que estudió el fenómeno en los primeros años 20, siendo todavía estudiante en la Universidad de Berlín Oriental.

Recordémoslo ya: el denominada efecto Zeigarnik apunta al hecho de que todos recordamos bastante bien lo relacionado con las tareas inconclusas, pendientes de rematar, pero tendemos a olvidar lo relacionado con aquellas otras a las que, por terminadas (o porque así las consideremos), hemos dado carpetazo. Parece natural y simple, pero este fenómeno da para algunas reflexiones quizá oportunas, relacionadas con la creatividad y el aprendizaje permanente.

Nada más lejos de la creatividad y la innovación, diría yo, que un trabajo en que estuviéramos haciendo cada tarea simplemente para cumplir, y deseando quitárnosla de encima y olvidarla. Por el contrario, trabajando con esmero y cierta dosis de autotelia, se nos pueden ocurrir mejoras para tareas que felizmente hemos terminado antes de la fecha tope, y que, por tanto, tenemos oportunidad de mejorar. En realidad, también conocemos todos la fenomenología de dejar las tareas para última hora, hacerlas de cualquier manera, y darlas por acabadas no porque lo estén, sino porque no hay tiempo para más: odio esta práctica, pero sabemos que se practica.

Les decía que del efecto Zeigarnik pueden lógicamente hacerse lecturas e inferencias diversas, porque hay también diferentes significados para el concepto de tarea y para la idea de acabar. A mí me ocurría, por ejemplo y en la universidad, que olvidaba toda la asignatura cuando conseguía el aprobado en el examen final; pero creo que era así porque mi tarea no era propiamente aprender y aplicar lo aprendido, sino sólo aprobar un examen. Mi colega Joan Gorga me hablaba hace poco de un profesor de la Universidad de Morón (Buenos Aires) que, consciente de esto, perseguía y conseguía el auténtico aprendizaje de sus alumnos: convinimos en que era una excepción (aunque haya más excepciones).

Claro, traída la anterior reflexión al mundo de la formación continua, la que se suele medir en horas y euros, también tiene su aquel. Si uno hace un curso obligado (pensemos, por ejemplo, en los de habilidades personales), sin estar convencido de su necesidad ni desear el aprendizaje, probablemente estará deseando que acabe, para olvidarse de él y no tanto para aplicar lo aprendido. Yo debo confesar que, casi todo lo aprendido en conocimientos y habilidades, lo he aprendido por mi cuenta (autodidacto, sí), y no por mandato de un departamento de formación; y que “felizmente” solía encontrar argumentos para eludir los cursos que no me interesaban.

Ahora me hallo en un proyecto sobre la creatividad y la innovación (genuina) en las pymes, y doy más vueltas (sin marearlo, creo) al efecto Zeigarnik; pero aquí, en estos párrafos, quería rendir un pequeña tributo de recuerdo a Bluma Zeigarnik, de soltera Bluma Gerstein. En realidad, hasta ahora sólo tenía yo un personaje entrañable de aquella época de la Unión Soviética: Genrich Altshuller, a quien considero todo un héroe en el campo de la creatividad y la innovación; pero, en psicología, quiero abrir también espacio para esta ilustre señora de pensamiento penetrante y mirada aún más penetrante, ya desde que era un bebé en brazos de su madre, Ronia.

Al parecer superó una meningitis en su época escolar, en la que ya mostró sus especiales dotes intelectuales, y se casó con Albert Zeigarnik a los 18 años. Poco después y ya ambos en Berlín, colaboró con el más tarde famoso gestaltista Kurt Lewin, y de esta colaboración surgió el estudio del luego denominado efecto Zeigarnik.

En 1931 los Zeigarnik volvieron a Moscú, donde Bluma, ya orientada a la psicología clínica, trabajó con el gran psicólogo (creo que autodidacto) Lev Vygotski, y tuvo ocasión de reencontrarse con su maestro Lewin. Los dos, Lewin y Vygotski, eran para ella los más grandes del momento, e intentó que se conocieran bien; pero a ambos perdió pronto: a Lev, un genio, porque murió en 1934; a Kurt, padre de la moderna psicología social, porque se fue a los Estados Unidos. Le quedaba su amigo Aleksandr Luria, también discípulo de tan grandes maestros, y pronto considerado a la cabeza de la neuropsicología mundial.

Los tiempos de Stalin no eran buenos para los pensadores (seguramente para nadie, en general), y tampoco lo fueron para Bluma, que durante años dejó de publicar sus trabajos científicos; pero además, Albert, su marido, fue acusado de espionaje en 1940 y enviado a prisión. Con sus dos hijos muy pequeños, Bluma tuvo dificultades materiales; al parecer, contó especialmente con la ayuda del propio Luria y asimismo de su amiga Susanna Rubinshtein: una ayuda que necesitó repetidamente a lo largo de su obstaculizada vida familiar y profesional.

Bien, no querría extenderme en las calamidades, pero Bluma encontró en verdad todo tipo de obstáculos, también para avanzar en sus investigaciones y darlas a conocer. Aquellos de sus trabajos que no fueron robados o destruidos por otros, hubieron de ser, antes o después, destruidos por ella misma. Fue ya en los años 60 cuando las cosas empezaron lentamente a mejorar. El mundo libre la redescubrió en 1969, cuando participó en el Congreso Internacional de Psicología, en Londres, y se pudo conocer el alcance de sus trabajos. Anecdótico lo del epónimo, ya avanzada su tercera edad le llegaron algunos merecidos reconocimientos.

Hasta aquí el personaje; volvamos sobre el efecto. Quizá, si acaso lo hacemos, no debemos considerar los cursos de formación continua como tareas que se nos imponen, sino como oportunidades de avanzar en el desarrollo de nuestro siempre perfectible perfil profesional; pero, a este fin, lo mejor es que nada se imponga, sino que se convenga, y que los cursos proporcionen realmente aprendizaje significativo, de cara a tareas actuales o futuras. Debemos quizá ser todos, trabajadores y directivos, más proactivos en el aprendizaje, vivirlo como objetivo permanente, y hacer la mejor traducción a conocimiento hard y soft, de toda la información que llegue, o pueda llegar, a nuestros sentidos.

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Autor: José Enebral Fernández,
Enviado porJosé Enebral Fernández- 25/02/2009
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